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I I
- por
Jaime Barba -
Todo lo
que existe
halla
contentación
en las
voces del viento.
Los elásticos
tendones del ciervo
son los
regocijos del aire.
Las mariposas
dormidas sueñan
con las
innobles espinas del rosal.
Busca,
en un mar sin orillas,
el llanto
que se escuchó una noche
cuando
tus ojos y mis ojos
eran
como espumas temblorosas
sobre
las escamas de los peces.
Cuando
al naranjo lo endulzan las espinas
o el
tiempo se revuelve de angustia
en las
ternuras del viento: Pienso en ti.
Pienso
en ti que eres lo mismo
que un
suspiro encerrado en las páginas
de un
libro,
o como
las ramas de un árbol
acariciado
por la lluvia.
Tus manos
y mis manos,
como
soles sorprendidos,
se alargan
lo mismo que raíces,
o van
delirando
como si
un mediodía de azufre,
cayera,
de pronto,
sobre
la piel de una azucena
desolada.
¡Tristes,
inmensamente tristes,
mis dedos,
son como
relámpagos sonoros
cuando
todo se vuelve silencio!

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