I

-  por Jaime Barba  -


Los hijos de la noche
deambulan, temblorosos,
por los caminos sin nombre.

La tierra se ha vestido de verde.

Los pájaros del tiempo
agonizan de asombro.

Voces desconocidas
como alambres de púas
y erizadas palabras de silencio
me mortifican la sangre.

¡El miedo tiene las manos amordazadas!

Cuando la sombra desciende
el ala del cuervo
me crucifica los ojos
y me trae marejadas de angustias.

Tú vienes desde muy lejos
en donde el árbol creció
con llamaradas de espanto.

Tus ojos fueron,
en las horas que no tienen término,
un peregrinar de alas
en las voces del viento.

Camino como si tuviera,
paralelamente a mis plantas,
tu nombre.

La noche se puso roja
cuando los caballos de la aurora
trepidaron en mi corazón.

¡Un alacrán, entonces,
envenenó mis ojos!!
 
 


 

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