R U E G O

-  por Jaime Barba  -



Estaba allí, radiante de hermosura;
de cara al mar, como la sangre en alto;
era ya el mediodía y su figura
como un lienzo escapado de su marco.

Estaba allí, mirando hacia la altura,
con la mirada de sus ojos zarcos;
y era su esplendidez de estatua pura
como un rezo en las calles de Damasco.

¡Cherazada que llegas como un trino,
en la magia de un cuento de Aladino,
vuelve a mí, por favor, tus ojos zarcos;

y en mi mar interior sin latitudes,
calma un poco mis tensas inquietudes
como un sueño en las noches de Damasco.


 

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