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I I I
-
por Jaime Barba -
El viento,
lo mismo que un caballo loco
con cascos
de espumas
y estrellas
en las crines: pasa.
La noche
se derrite de angustia
si los
dedos azules del odio
traspasan
las neblinas del silencio.
Semejante
a una paloma blanca
que se
desplomó una tarde,
el amor
nos llega con los párpados caídos.
El mar
reparte rosas que semejan
caracoles
enamorados.
Golpeando
las paredes de la vida
la envidia
retumba,
los muros
se desmoronan
cuando
pasa su lengua fría,
implacable,
como
si fuera la piel de un lagarto
venenoso.
Como atropelladas
sombras
la palabra
lanza gritos de ausencia.
Todo
es lo mismo que una esperanza
que un
día se vistió de alabastro.
Se angustian
las hojas de los árboles.
Doloroso
silencio anda extraviado
por los
caminos sin parada.
Aguas
ácidas se regocijan a la intemperie
de los
jardines sin flores.
El tiempo
muerto mastica tinieblas,
deambula,
sin que
nadie pregunte en dónde se agazapa
la paloma
que murió de frío.
EL alacrán
de las tinieblas
fue como
un alarido en la noche
cuando
el mar vociferaba en la distancia.

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